Tras esperar unas cuantas horas en la sala de espera, escuchando mil sollozos, gritos, gemidos, alguna que otra risa, y el sonido de un aparato que continuamente sonaba al compás de mi latir, me tocó a mi.
Era la primera vez que pisaba aquella consulta. No me imaginaba que fuera a necesitar ir allí, de hecho no creo que lo necesite. No lo necesito. Estoy aquí porque los demás creen que si. Que es para que me calme, me desahogue y me relaje un poco, pero solo consiguen que me ponga mas nervioso, furioso y con pocas ganas de hablar. No se porque me hacen venir, ya conocen mis sudores fríos que me bloquean de pies a cabeza y hasta que suelto prenda ha pasado una eternidad, sin embargo estoy aquí para probar y si no sale bien (que no lo creo) no volveré a venir y fin.
Abrí la puerta que cerró el último paciente con lágrimas en los ojos y por un momento me quedé en blanco, di un paso adelante y cerré. No vi a nadie. Estaba yo solo en una sala blanca, muy iluminada. Hasta que fijé bien mi mirada y vi a un señor trajeado cubierto por una bata blanca sentado en una silla al lado de un sofá negro donde supuestamente yo debía sentarme así que, así lo hice y todo empezó.
Me bombardeo con aproximadamente un millón de preguntas durante una hora de tortura continua.
-¿ Cuál es tu nombre? ¿Qué clase de ayuda necesita? ¿Sufre algún tipo de trauma? ¿Qué le ocurre? ¿Por qué recurre a mi? ¿Qué piensa? ¿Por qué no reacciona? ¿Va usted a contestar alguna de mis preguntas? Etc ... Hasta que me pregunto:-¿Cómo se siente?. En ese momento mi sistema informático se volvió a activar, mis neuronas reinstalaron el programa y una función mecánica llegó a mi boca con una simple palabra:-Vacío- dije.
Quedaban diez minutos para acabar mi consulta pero me levanté y me marché sin decir una palabra más. Ese era mi único y gran problema. Mi vacío.

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